Se me ha puesto la pregunta: ¿Qué es esto con la luna? Hasta la pregunta es necia. La mía es una musa lunática. La música de las estrellas es demasiada lejana para que me llegue sino tenuemente; la de la luna, acercada por el estirón inexorable de la Tierra, siempre me ha llenado el corazón Huehuecóyotl y ha hecho sirenas y tritones a cabriolar en las mareas de la sangre.

En el desierto rodeando Cd. Juárez/El Paso donde nací, desde niño sabía que la luna era, no madre, sino seguramente madrina de mi alma. Mi padre y mi madre me enseñaron a amarla en sí misma aun antes de que yo supiera que pudiera ser azul, o hecha de queso o de miel, o volver en lobos a los hombres. Se me dijo que allí vivía una mujer, pero tratara como tratara, nunca pude distinguir su rostro que se me aseguraba estaba claramente allí. Tal vez sería una perversa ceguera de mi parte o simplemente porque temprano los coyotes me habían llamado a su hermandad que lo único que jamás pude ver era la imagen de un conejo.

Por mucho que me hubiera gustado creerlo, la luna no era sólo mía; todo mundo la amaba y seguía apareciendo no solamente en el cielo sino en los versos de los poemas que mi padre y mi madre me leían. Ningún poeta, parece, es inmune a su encanto. Dicen que Kanzan le escribía, que Jitoko se reía de ella; que Li Bai se ahogó en su abrazo. Me pregunto si sin la luna, constante aun variable compañera de la Tierra, jamás hubiera poesía.

Pero en verdad, excepto por la exageración poética, no idealizo a la luna poco más que a los espejos. Apreciamos a los espejos porque reflejan, reflejan mejor cuando sus superficies son inmaculadas. La luna cuelga en la pared del cielo como espejo cuyo lado oscuro jamás veremos y cuando hombres pisaron en ella dejando sus huellas torpes y plantando allí su signo rojo-blanco-azul “Fulano estuvo aquí” no lo hicieron en mi nombre. Ese “paso gigante” no fue por la humanidad sino por una secta peculiar y definida que escasamente honran a la Tierra y ningún negocio tienen contaminando los cielos.

La luna espejo da perspectiva a la Tierra, es intermediaria (no pasadera) a las estrellas. Llámale a la luna piedra de toque a la Tierra, piedra imán a nuestros humores, mojón en nuestra jornada circular. Ultimadamente, es simplemente una roca, si quieres, arrebatada en la órbita de la Tierra que el poeta en nosotros usa como foco, como pretexto, para reflejar y dar voz a lo contento o a lo inquieto de nuestras vidas.

Sin embargo, más seca que ninguna piedra en esta bendita Tierra, tiene un poderoso tirar sobre las aguas terrestres que originan la vida, la misma agua que presta sustancia tanto a nuestros cuerpos como a las nubes. Y en verdad, no sé si es pretexto o partera de mis caprichos lunáticos.





The question has been posed to me: What is this with the moon? Even the question is foolish. Mine is a lunatic muse. The music of the stars is too far away to come to me but dimly; that of the moon, kept close by the inexorable pull of the Earth, has always filled my Huehuecóyotl heart and made sirens and mermen to cavort in the tides of my blood.

In the desert around Cd. Juárez/El Paso where I was born, since a child I knew the moon to be, not the mother, but certainly the godmother of my soul. My father and mother taught me to love her for herself alone even before I knew she could be blue or made of cheese or honey, or turn men into wolves. I was told a woman lived there, but try as I might, I could never make out her face I was assured was clearly there. Perhaps it was perverse blindness on my part or simply because the coyotes had early called me to their brotherhood that all I could ever make out was the image of a rabbit.

Much as I would have liked to believe, the moon was not mine alone; everyone loved her, and she kept appearing not only in the sky, but in the lines of the poems my father and mother read to me. No poet, it seems, is impervious to her charm. They say that Kansan wrote to her, that Jittoko laughed at her; that Li Po drowned in her embrace. Indeed, I wonder if without the moon, constant though moody companion of the Earth, there would be poetry at all.

But in truth, except for poetic hyperbole, I idealize the moon hardly more than I do mirrors. We honor mirrors because they reflect, reflect best when their surfaces are pristine. The moon hangs on the wall of the sky like a mirror whose dark side we will never see and when men stepped on her leaving their clumsy footprints and planting there the red-white-blue “Kilroy was here” sign, they did so not in my name. That “giant step” was not for humankind, but for a peculiar and defined sect who scarcely honor the Earth and have no business sullying the heavens.

The mirror Moon gives perspective to the Earth, is intermediary (not stepping-stone) to the stars. Call the moon touchstone of the Earth, lodestone of our humors, milestone of our circular journey. Ultimately, she is, simply, a rock, if you will, caught up in the orbit of the Earth which the poet in us uses as focus, as pretext to mirror and voice the contentment or disquiet of our lives.

Yet, drier than any stone on this blessed Earth, she has a mighty pull upon the terrestrial waters that originate life, the same water that lends substance to our bodies as to the clouds. And truly, I do not know if she is pretext for or midwife of my lunatic whims.

(La musa lunática/The Lunatic Muse; Rafael Jesús González; Pandemonium Press, Berkeley, CA. 2009)

Rafael Jesús González: Born in the bicultural/bilingual setting of El Paso, Texas/Juárez, Chihuahua, attended the University of Texas El Paso, Universidad Nacional Autónoma de México, & the University of Oregon. Professor Emeritus of Creative Writing & Literature, taught at the University of Oregon, Western State College of Colorado, Central Washington State University, the University of Texas El Paso, and Laney College, Oakland where he founded the Mexican and Latin American Studies Department.

Nació en el ambiente bicultural/bilingüe de El Paso, Tejas/Juárez, Chihuahua y asistió a la Universidad de Tejas El Paso, la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad de Oregon. Profesor de escritura creativa y literatura, ha enseñado en la Universidad de Oregon, el Colegio Estatal Occidental de Colorado, la Universidad Estatal Central de Washington, la Universidad de Tejas El Paso, y el Colegio Laney, Oakland donde fundó el departamento de Estudios Mexicanos y Latino-Americanos.


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